Sion y Jerusalén, 30 de diciembre de 2025
Lecciones sobre los Principios del Derecho Constitucional, la Ley Natural y las Leyes de la Naturaleza que gobiernan todas las cosas, incluidos los elementos.
A todos a quienes pueda concernir, sean amigos o enemigos.
Aqui, no se cree en la democracia; de hecho, se la tiene en profundo desprecio. Pero tampoco se cree en sistemas que sean parciales o polarizantes, ya se denominen de izquierda o de derecha —comunismo, socialismo o capitalismo— ni tampoco en la tiranía o el totalitarismo. Oligarcas, autócratas, tecnócratas e imperialistas económicos y su neocolonialismo son siempre una minoría, y casi siempre toman la delantera en la política, la seguridad y la economía en nombre de la democracia.
Lo que se cree es en el Orden Unido de Dios, o en una teocracia perfecta de consentimiento unánime; en las monarquías; en un Jefe Supremo Político del Estado, sea militar o no; y en el principio del derecho constitucional o fundamental, junto con el principio eterno de la voz del pueblo, con o sin elecciones populares. Siempre debe tenerse en cuenta que las llamadas elecciones democráticas son meramente una herramienta, útil para la transición del poder de la mayoría a la minoría, o de un sistema de gobierno a otro. No siempre representan la verdadera voz de la mayoría si todo el pueblo, grandes y pequeños, no consienten o no pueden votar. La democracia no funcionó para quienes la inventaron, ni funciona ahora, porque en cada elección democrática termina por asesinarse a sí misma, reemplazando una secta, partido o denominación por otra.
Además, dentro de estos principios, la Constitución o la ley de la tierra es la única cosa común a todos, independientemente de partido, secta o denominación. Esto es lo que constituye un sistema republicano de gobierno y de autogobierno, donde cada ciudadano, esté o no en el parlamento, carga con el peso de sus propios pecados, y no el gobierno, el rey o el jefe supremo del Estado.
En el principio universal de la voz del pueblo, e incluso en la fauna y la flora, conforme a la ley natural y a las leyes de la naturaleza, no es común que la mayoría del pueblo elija aquello que no es correcto o justo. Más bien, es común que la minoría elija aquello que no es correcto. Cuando la minoría convence a la mayoría, o cuando la mayoría misma elige lo que es injusto, los juicios de Dios alcanzan al pueblo, como hasta ahora se ha visto sobre la tierra.
Por lo tanto, es sabio, como regla, consultar siempre la voz del pueblo y seguir la voluntad, la voz y el consentimiento de la mayoría en todos los asuntos de gobierno. No se necesita la agitación ni la carga de las elecciones populares para saber esto, porque la popularidad de algo no reemplaza la verdadera voz de la mayoría del pueblo. Y la mejor práctica es escoger como líderes a hombres veraces, temerosos de Dios y que aborrezcan la codicia. Porque también está escrito que cuando los justos gobiernan, el pueblo se alegra, y cuando los impíos dominan, el pueblo gime, pues estos son los efectos colaterales de nuestras propias decisiones. Por lo tanto, aun cuando las elecciones sean robadas y el poder sea usurpado, conforme a los propios decretos de Dios allí donde habita su pueblo, las abominaciones no gobernarán sino para nuestro propio perjuicio.
En cuanto al derecho constitucional o fundamental, la ley es buena si se usa correctamente; pero la ley también mata cuando se produce una tercera y una cuarta transgresión en casi todos los casos. Por esto Dios, quien dio todos los derechos y la agencia, gobierna solo sobre los obedientes. Como ejemplo, los Diez Mandamientos de Dios son la norma para todos los pueblos, ya sea que lo conozcan, crean en Él o no, porque Sus leyes son la constitución de la vida en este mundo y en el mundo venidero.
En el libro de Amós, en la Biblia, Dios declara —no solo a su propio pueblo, sino a todas las naciones— que por tres transgresiones y por la cuarta no desviará ni apartará sus juicios. No especificó qué ley ni de quién; sin embargo, allí se ve cómo juzgó a las naciones entonces y ahora. Esto es porque Sus leyes se basan en los principios morales de la ley natural y de las leyes de la naturaleza, incluso en las leyes de la física que gobiernan todos los elementos.
Así es como funciona. Tomemos como ejemplo al Titanic de los océanos. Para mantenerse a flote, el gran buque tenía diez o más compartimentos diseñados para mantenerlo sobre el agua. Sin embargo, de una manera u otra, el Titanic se precipitó a su propia destrucción. Cuando golpeó el iceberg, se rompieron tres y un cuarto de sus compartimentos principales de flotación, alcanzando el punto de no retorno. Su hundimiento fue una certeza matemática. Ni siquiera Dios, a pesar de Su amor y de Su misericordia paciente, movería un dedo para salvarlo, porque hacerlo violaría Sus propias leyes, y Él dejaría de ser Dios. Salvó a muchas personas de allí, pero no salvó la nave. Por el orgullo de su capitán y su tripulación, había quebrantado sus propias leyes marítimas en aguas o entornos peligrosos.
Considérese otro ejemplo. Supóngase que una montaña o una nación está edificada sobre una colina, o en el valle de esta, y que los líderes y el pueblo deciden talar los árboles de la colina o de la montaña por cualquier motivo. Cuando llegan las lluvias y soplan los vientos, y descienden las inundaciones, es por la ley natural y por las leyes de la naturaleza que la ciudad caerá o quedará sepultada por la erosión del suelo, porque los árboles que la mantenían en pie y en equilibrio fueron removidos. Así ocurre con el derecho constitucional.
El derecho constitucional, ya sea en los Estados Unidos o en cualquier otra república o reino, se conserva, se sostiene y se mantiene por la sangre y por el juramento. Muchas personas murieron y su sangre fue derramada para redimir la tierra de la opresión o de un poder extranjero, para adquirir soberanía y autogobierno. Esa sangre une al pueblo y lo arraiga al suelo donde fue derramada. Se establece un derecho común para mantener la paz y el orden, para prosperar en libertad, y para escoger líderes ligados por un juramento solemne ante Dios, los ángeles y los testigos, vivos y muertos.
Cuando una nación, un Estado o un gobierno quebranta su juramento, y el pueblo lo permite, se burla de Dios y de la memoria de los caídos. Por la ley natural y por las leyes de la naturaleza, toda acción produce una reacción igual y opuesta: inquietud, ilegalidad, anarquía y más. Es la ley. Cuando se viola la ley de la paz, otra fuerza o poder ocupa el vacío. Cuando se producen tres o cuatro de tales transgresiones, incluso las leyes de la naturaleza y la ley natural vengarán la sangre de los caídos; y si no lo hacen, Dios lo hará cuando el asunto llegue a Su oído. Porque Aquel que dicta el destino de todas las naciones no será burlado. Si no actuara, incluso Él dejaría de ser Dios. Muchas naciones y civilizaciones han dejado de existir, y no queda memoria de ellas, por estas mismas cosas, más particularmente entre Su propio pueblo escogido y peculiar.
Así, cuanto más se conocen y se obedecen voluntariamente las leyes fundamentales, más libre se vuelve un pueblo. Por esto Dios goza de libertad suprema: Él guarda todas las leyes. Aquellos que no son gobernados por la ley deben ser gobernados por la justicia; aquellos que no quieren ser gobernados por la justicia serán gobernados por la ley del león: ojo por ojo y diente por diente. Aquellos que no quieren ser gobernados por la ley del león deben ser gobernados por la ley del más fuerte. En estos y en casos inferiores, la ley que gobierna es la ley de los impíos; y cuando los juicios de Dios alcanzan a los impíos, y es por medio de los inicuos que los inucuos son castigados.
Respetuosamente
Miguel Tinoco
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